--------------------Amanece......-----------------

San Adrián

Una luz mortecina proveniente del exterior esparcía inquietantes sombras y fantasmagóricos contornos en la extraña estancia. Entre la penumbra, la hilera de bicicletas estáticas semejaba una exposición artística de toros androides abandonada en la noche cuyas aerodinámicas cornamentas, yo había aprovechado, en un acto casi sacrílego por irrespetuoso, como perchero y tendedero.

De tan ergonómicos cuernos colgaban los pantalones embarrados de caminar, la capa húmeda a causa de la lluvia que me sorprendió la víspera, dos térmicas, alguna que otra prenda íntima, e incluso la bota de vino. Un par de calcetines permanecían delicadamente enfundados, ajustándose a todo lo largo de la empalmada anatomía de los pitones de la embolada, como se me había ocurrido referirme a la cuarta bicicleta comenzando a contar desde la izquierda, que a decir verdad, mas parecía cabestro surrealista, por su estilizada figura, que toro de lidia impresionista.

Era aquel un aposento híbrido, polivalente. Por un lado contaba con un sector destinado al deporte; además de a los velocípedos varados estaba especialmente acondicionado para la gimnasia rítmica, con las paredes forradas de espejo y la barra de apoyo circundándolas a todo lo largo; y por el otro, atesoraba, como si de un divino templo de adoración se tratara, un sagrado ámbito designado a la mas pura ociosidad placentera y al alterne; y en el extremo opuesto, una alargada barra de madera de taberna, con su grifo de caña incluido, yacía en paralelo al tabique, replegándose al final en ángulo recto. En sus estantes interiores se acumulaba el suficiente alcohol como para mantener beoda una manada de elefantes durante un año. Botellas de ginebra, wiski, vodka, Martini… componían aquel cargamento etílico.

…Recordé la anécdota que me contó una amiga peregrina, cuando años atrás, en que al igual que yo, partió de su casa en las inmediaciones de Monserrat, rumbo a Santiago, y encontrándose en similar coyuntura, soportando noche en un destartalado gimnasio, la ausencia de sueño la obligó a montarse en una bicicleta y dar pedales desenfrenadamente con el propósito de fatigar el cuerpo e invocar a Morfeo…

Yo sin embargo, no caí en ninguna de las tentadoras alternativas que se me ofrecían. Ni en el desparrame festivo, por falta de ánimo, y de mala compañía; ni en el gimnástico, por falta de inspiración, y de vestuario; pues sin mi tutú de ballet clásico no me es posible concienciarme para ejercer de Billy Eliot.

Aquella noche dormí inquieto y con sueño ligero sobre una colchoneta para ejercitar abdominales, sin desprenderme del forro polar y embutido de pies a cabeza, asomando únicamente la nariz, dentro de un saco de plumas cerrado herméticamente para ahuyentar el frio. Desvelándome varias veces, la última, a las seis de la mañana, me incorporé y comencé con los preparativos. Era el gran día.

Revisé las ampollas de las plantas y los dedos meñiques,… me invadía un descontrolado ataque de ira con solo verlas y me daba por masticar improperios en arameo. Las curé y las tapé. Procedí a vestirme casi con la minuciosidad del guerrero que se dispone a una inminente batalla. Todo un ritual. Pues en esta ocasión, además de peregrino debía ser montañero.

Desayuné sin apetito unos penosos bollos rellenos de chocolate que portaba de víveres en la capucha del morral más tiesos que el tatarabuelo de Tutankamon. De acompañamiento engullí, haciendo un esfuerzo, medio litro de agua para digerirlos, y así lograr una argamasa que no opusiera demasiadas trabas al proceso digestivo.

Por un momento me sentí fuera de lugar, aquello era absurdo Mas que absurdo era patético ¿Pero qué coño estaba haciendo allí?

Fue una situación desoladora que se desató como un pulso dentro de mi cabeza. A duras penas pude mantener cerrado el portón al pesimismo que pretendía martirizarme, al decaimiento que acudía a atormentarme como las pinzas de un cangrejo y a la ausencia de motivación que procuraba instalarse en los territorios de mi vulnerable moral. Por no hablar de la imprevista aparición de ampollas y la sorprendente flojera física que se afanaban en hostigarme e instaban a firmar una prematura acta de rendición… Y luego estaba aquella soledad que me dejaba helado, la soledad invernal que se respiraba en aquel curioso antro de sombras siniestras y ruidos furtivos.

Demasiados enemigos para un pobre peregrino tocado.

No quise pararme a pensar que ese día era domingo, que de no haberme embarcado en aquella locura, en un par de horas debía estar desayunando con mi hija un delicioso, aromático y cargado café acompañado de tostadas, colapsadas de mantequilla y coronadas de mermelada de fresa en el acogedor calor familiar de la cocina de mi casa; que, tras el, daría un plácido paseo, leería el periódico, comería un menú de domingo a la hora que se come los domingos, y después echaría una siesta antológica de domingo; tampoco quise pararme a pensar si los días consumidos en esta especie de viaje iniciático para pirados, en verdad me servirían de algo; tampoco si merecería la pena el sacrificio y el esfuerzo; así como tampoco quise pararme a pensar si no podía dejarme de capulleces estrambóticas y limitarme a disfrutar de aficiones normales y sin complicaciones, como tienen las personas normales que no se complican… Ni tampoco entré en otro tipo de planteamientos viciados ni dilemas envenenados con trampa que habrían terminado de darme la puntilla. Y una vez mas, pues no era la primera, ni sería la última que me asaltarían las dudas, me salvó lo de siempre. Con ella se terminaban todas las tribulaciones y se iban al carajo absolutamente todas las fastidiosas contrariedades: la determinación última e inquebrantable, de una certeza incuestionable y sin fisuras, de que aquello “yo lo tenía que hacer por mis santos cojones”.

Me calcé la mochila que pesaba como un muerto empaquetado, cerré la puerta del gimnasio con unas llaves de las cuales una hospitalidad con sabor a antaño me había nombrado encargado, las introduje en el buzón junto con toda la calderilla que llevaba a mano y, me lancé, solapado en el equivoco resguardo del inminente amanecer y con alguna chispa intentando prender en quien sabe que diminuto punto de mi extraviado coraje, a los embriagadores brazos de la incertidumbre de bosques de hayas y pasos de montaña…

Me esperaba el legendario túnel de San Adrián, un paso rebosante de historia, leyenda, mitos y arqueología.

Situado bajo el Aizkorri, un macizo en el que va contenido el pico mas alto de la provincia, fue aduana en la principal vía de comunicación entre Guipúzcoa y Castilla durante varios siglos. Y por ese mismo motivo, el inmenso boquete en la roca también pasó a formar parte de la ruta interior del Camino de Santiago. Miles de peregrinos lo habían cruzado. Juana la loca pasó por allí, y se decía del emperador Carlos V, que al atravesarlo, fue la única vez en su vida que agachó su majestuosa cabeza. Un gesto, más por prudencia que por humildad, para evitar el coscorrón.

Harían falta varios libros para describir, enumerar y contar toda la historia, historias y leyendas que envuelven este espectacular paso, túnel natural en la roca ensanchado después por la mano del hombre, que incluyó en su interior una ermita y una taberna, que en la edad de bronce ya era utilizado por los pastores trashumantes y en donde mas recientemente llegó a levantarse un puesto de miqueletes. Una descomunal boca abierta cuyo ancestral silencio lo manifestaba todo, abarcando desde la prehistoria hasta el momento en que…

Yo comenzaba la ascensión.

Por carreta, intuyendo que pronto me asaltarían los sofocos abandoné el pueblo sin abrigarme en exceso, indefenso al frio helador, que me provocaba tiritonas descontroladas, proveniente de las cumbres. Así fue. Inmediatamente comenzó una subida cuyas demoledoras rampas no cesarían, durante sus casi siete kilómetros, hasta el mismo Túnel.

La acometí decidido, concentrado, dispuesto a ventilármela sin contemplaciones. De momento no sentía molestia alguna en lo pies y ascendí a ritmo vivo, constante, de manera que enseguida fueron quedando atrás varios caseríos, algunas cercas y un bosque. Siempre en pronunciada pendiente, con el inconveniente perpetuamente presente del bulto a la espalda que frenaba el avance notoriamente. Una subida en la que percibía el padecimiento de los músculos de las piernas, notaba los tendones tensándose y sentía los riñones trabajando a toda máquina.

Aún así, con la mente y el organismo entretenidos en la laboriosa faena, presentía que algo no iba bien: una sombra en la determinación. Me embargaba el impreciso presentimiento de que no terminaba de colocarme, de ponerme en situación. Estaba haciendo el Camino soñado, aquella era mi gran oportunidad, había logrado lo mas difícil, atesorar el tiempo necesario para realizarlo, y ahora era incapaz de concienciarme de ello y soltarme. Estaba cometiendo un error de base, y por lo tanto me desconcertaba el convencimiento de que ello me terminaría por pasar factura de algún modo, pues sospechaba que existía una relación íntima entre mi estado de ánimo, la incomprensible aparición de ampollas y el agotamiento físico.

La escalada continuaba y continuaba hasta la eternidad. Cuando alcanzaba una nueva curva, otro nuevo empinado repecho me saludaba como una consecuencia inevitable de ella. Sin suavizarse la inclinación de la rampa, llegué a una parte embarrada, impracticable; hasta tal punto que el camino era un completo lodazal infranqueable. Fueron cerca de quinientos metros resbalando, trastabillando, hundiendo los pies hasta los tobillos en un viscoso y reblandecido lodo. Deteniéndome continuamente a estudiar el terreno y procurar pisar en las zonas de apariencia mas estabilizada. Una lenta travesía agotadora a la que no veía final, en la que estuve a punto de aterrizar en el tremedal enfangado que era el piso estampándome de morros en varías ocasiones, y en la que llegué a verme atrapado en una ratonera especial para peregrinos de espíritu pusilánime como el mío. Cuando por fin concluí aquella encerrona movediza, suspiré aliviado, el corazón me bombeaba a mil por hora y tuve que hacer una pausa para recuperar el resuello.

Miré hacía atrás para verificar lo andado. Con el sol deslumbrándome y el amanecer tornándose fresca mañana, aliñada de aire puro de montaña, en una sensacional vista panorámica, sorprendentemente abajo pude apreciar Zegama, encajonado en un idílico y verde valle sombrío. Sobre él, se desplegaba un grandioso horizonte de nubes y montes. Sonreí por primera vez ese día.

Repuesto, volví a la batalla. La senda se empinó aun más. Aquello era una ardua tarea, bastante mas costosa de lo que había supuesto y comenzaba a parecerme, igual que le ocurrió al sastre y peregrino Guillaume Manjer casi tres siglos atrás, una de las cumbres mas altas del mundo. Como para subir los catorce ochomiles del planeta, y sin sherpas, estábamos el viejo Guillaume y yo. Más hubiera valido que nos dedicáramos a hacer punto de cruz.

Vino un elegante bosque de hayas y llegué a un punto conflictivo donde convenía agudizar la atención por una aparente ausencia de señalización que me desconcertó por unos instantes. Desfilé entre dos cabañas, y una vez rebasadas, en ángulo recto, dejándolas abajo a mano derecha. Una flecha amarilla me confirmo que la maniobra había sido correcta Un bellísimo tramo, paradigma de los entornos bucólicos, desembocó en la sencilla ermita de Sancti Spiritus, desde la cual ya se vislumbraba el descomunal hoyo horadado en la piedra.

A continuación corté en subida toda la ladera de monte pelado en el trecho mas escarpado donde un lacerante intenso viento, gélido, soplaba cruelmente. Y en un último esfuerzo, apuntando recto al tremendo boquete, tuve que empeñarme a fondo. Por fin subí por los escalones de acceso bajo el arco de piedra y conseguí hollar la cueva... La durísima ascensión me había llevado dos horas y media, y de paso había dejado la evidencia de mi supuesta forma física mucho más de lo esperado. Estaba desfallecido.

Descansé al resguardo del techo de caliza. Almorcé frutos secos y vino. Desde el tranquilo y sombrío ventanal de piedra del interior de la cueva, el panorama, con la excepción del tendido eléctrico, era una maravilla paisajística de montes, praderas, sierras, bosques y valles bajo un cielo azul celeste salpicado de blancas nubes. Al fondo en el medio de la lejanía, se dibujaba un pico inconfundible: el Txindoki.

Me abrigué y partí como Carlos V, agachando la cabeza contra el resplandor que se filtraba del exterior. Vino un precioso tramo por el que caminé por una calzada medieval. Primero en ligera subida,... después alcanzando el alto y finalmente descendiendo a tumba abierta. Un descenso continuado que desembocó en una pista cuya pendiente, parecía seguir y seguir sin final, hasta que poco a poco, cuando ya sentía que me había destrozado los pies, se fue suavizando y remitió en el pueblo de Zalduondo. Con el me daba la bienvenida la llanada alavesa.

Si hubiera seguido las consignas de la prudencia, habría terminado la caminata por ese día, pero el desconcierto general que invadía mis pensamientos me condujo a una precipitación erronea, y la ambición fue mas poderosa. Llevaba preestablecido tercamente que ese día debía acercarme a Vitoria todo lo posible, así que tomé un anodino desayuno con un café infame en un bar de Zalduondo, y tiré adelante, por una carretera tan solitaria y desierta que podía ir andando sobre la raya central, con la vista fija a un amurallado Salvatierra, que asentado en un cerro, refulgía en los destellos esquivos de lontananza.

Y así fue que se precipitó lo que estaba escrito. Y comenzó a degenerar mi caminar de una manera ya palpable, me encontraba exprimido. La rutina, las responsabilidades y las preocupaciones todavía me mantenían amarrado de alguna manera, mi mente no se encontraba ubicada en el Camino como debía, sino en la estratosfera mínimo, y la consecuencia era un desastre. Y mis pies, mis pies comenzaban a hacer agua, y mucha por las ampollas.

Llegué a Salvatierra a la hora del vermut, y de paso me recordé que era domingo. Decidí dejarlo por ese día y busqué una oficina de turismo para informarme sobre posibles alojamientos, pero al encontrármela cerrada, simplemente deambulé sin dirección por el casco antiguo. Entré en una tienda-cafetería, con lo que me agencié, me preparé un bocata de salchichón, y finalmente preocupado por el alojamiento, me puse a andar nuevamente. Tenía entendido que Alegría, aún quedando un poco apartado de lo que era la ruta jacobea, contaba con un albergue para peregrinos y me arriesgaría a tirar hasta allí. A pesar de los doce kilómetros de distancia que se me antojaban una temeridad en el estado en que se encontraban mis pinreles.

A la salida de Salvatierra debí de coger mal en algún punto, pues la guía me marcaba un camino agrícola, pero yo enfilé el arcén de la carretera. Era la hora de la sobremesa, hacía calor a causa de un sol primaveral y esto perjudicó aún más a mis pies que iban abocándose a un dolor en constante aumento.

En el pueblo de Gaceo, en el que volví a reencontrarme con el Camino marcado, me vi obligado a parar y echar un vistazo a las plantas de mis pies. Me senté en un banco y procedí a descalzarme temiéndome lo peor, y lo que vi superó con creces a lo que yo concebía como peor. Toda la parte delantera de cada planta era una ampolla que además subía entre el dedo primero y el segundo hasta el empeine. Por otro lado los meñiques eran avasallados por unos blancas alubias acuosas que invadían toda la parte inferior. Me los habría cortado allí mismo. Aquello remató mi moral lo que restaba de mi arrojo.

Me desesperé pinchando y drenando, me apliqué Yodo a chorros, tapé las plantas con esparadrapo y reanudé la marcha, pues allí no había posibilidad de alojarse. Caminar en invierno tiene principalmente dos pegas, una que el día es corto y la otra, que la posibilidad de pasar noche al aire libre es bastante remota. Un paisano me vio tan tocado que se ofreció a llevarme en coche, pero me negué, pues una de las premisas que me había marcado era que si me montaba en algo provisto de ruedas para trasladarme, únicamente sería para retirarme definitivamente.

Tocaba sufrir.

Pero pese a todo, el Camino, como siempre lo hacía, me instaba a continuar, a mantenerme en el por encima de todo. De alguna manera su continuada llamada seductora prevalecía sobre todos los percances.

El tramo hasta Alegría fue una tortura indescriptible. Arrastrándome, tiré por un sendero solitario que cortaba un terreno ondulado de color verde sombrío, donde los estruendosos trenes transitaban fugaces junto al Camino, remarcando así en una burla mi patética lentitud. Por lo demás se trataba de un tramo bello y apacible en el que se escuchaba con nitidez el trino de los pájaros del atardecer, pero al que yo estaba incapacitado para saborear.

Con el pueblo a la vista y la senda ya arrimada a la carretera, reventé definitivamente, incapaz de dar un paso mas, me tiré al suelo y me desplomé moribundo,… y así permanecí largo rato, totalmente inmóvil, con la mente en blanco y al borde del desvanecimiento, simplemente cogiendo aire, mientras escuchaba el estruendo de los coches circulando tras el quitamiedos que me mantenía oculto.

Petrificado allí mismo habría continuado por siempre, adormecido entre el sopor y el desfallecimiento. Pero no había tregua. El día avanzaba y no estaba permitida la rendición, o la noche heladora y hostil de marzo, me alcanzaría como un lanzazo helador. Tuve que hacer un postrero esfuerzo, levantarme, colgarme los pesados bártulos, y desplazarme a la velocidad de una tortuga para alcanzar, tras una eternidad de pasos en el paroxismo del calvario, un inalcanzable Alegría-Dualtzi.

-¡Mira!, un peregrino…. Oye chaval, que por aquí no va el Camino, que no tenías que haberte metido en el pueblo.

Entré en un bar, más que nada para informarme sobre la situación del albergue. Allí una cuadrilla de jubilados divertidos que me miraban con una mezcla de admiración y compasión, tal era la pena que debía transmitir mi aspecto, me hicieron saber que al edificio al que iba ser destinado el albergue, con el relevo en el ayuntamiento, se había optado por darle alguna otra función mas práctica y acertada, de modo que solo me quedaba la posibilidad del hostal.

-Aquí mismo, a la vuelta de la esquina tienes uno.

Charlé con ellos, me invitaron a una cerveza y se ofrecieron a llevarme en coche al albergue de Estibalitz, a tan solo cuatro escaso kilómetros de distancia me aseguraron, cuatro utópicos kilómetros para mí; pero aquello, aunque llevaba como norma no dormir en hostales, dentro de una filosofía de austeridad, la estafa inadmisible a mi mismo quedaba descartada. Hicieron apuestas de si llegaría a Santiago o no, y sobre todo me hicieron reír.

Media hora mas tarde apuraba la tercera caña, me animaron con su buen humor y me alegraron con sus historias. Tenían muy buena onda, eran todos distintos, pero se dirigían entre ellos desde un humor respetuoso en el que despuntaba el aprecio y la amistad.

-Vanga Bolitx. Si no llegas no pasa nada,… pero si llegas, manda una caja de Ribeiros para que lo celebremos.

A fuera oscurecía. Me hice con unas patatas de sobre, unos bollos y unas chocolatinas. Me despedí de mis amigos sesentones, busqué el hostal, me di de alta, subí a una habitación gris donde el futuro no existía. Me deshice de la mochila, coloqué el bordón contra una esquina, me descalcé; me dejé caer sobre la cama y, cerré los ojos. El resplandor del Tunel de San Adrian me había cegado.

 

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